Del Libro : ¨Atando cabos¨ Rubén Casillas Moreno.

Nuestros anscestros y sus tradiciones.
CONSEGUIR NOVIA Y MATRIMONIO.
Aunque la gran mayoría se casaba muy joven, una tradición que siguió por siglos y que se transmitió de generación en generación, fue que la edad para casarse era cuando el hombre ya supiera “Echar su yunta” O sea, que cuando el joven ya supiera trabajar la tierra y valerse por sí solo y mantenerse con el sudor de su frente, ya se podía casar, independientemente de la edad, por eso a los jóvenes casi niños les urgía enseñarse a trabajar y así formar un hogar. La mujer tenía sus propias metas, enseñarse a las labores domésticas como requisito para llegar al matrimonio. Creo yo que si en la actualidad fuera requisito saber trabajar para casarse, habría muchos solteros.
El conseguir novia era todo un ritual, pero lo que más se convertía en una odisea era ¿cómo platicar con la novia? Tenían que ser expertos en caminar y llegar al lugar sin hacer ruido, se exponían a ser descubiertos y ser corridos a balazos, una vez que lograban llegar al sitio donde platicarían con la novia, dicha plática se llevaba a cabo a través de un hoyo en la pared, los padres mantenían una vigilancia tan férrea que les era imposible platicar libremente. El agujero tenía que estar en un lugar estratégico para no ser descubierto por los padres de la novia, normalmente se encontraba cerca de la cama, pero lo que me he puesto a pensar ¿cómo hacer el hoyo sin ser descubiertos, y quién lo hacía? Mitad el novio y mitad la novia? O la novia por ser la que habitaba la casa y tenía más oportunidad de hacerlo? Las paredes eran muy anchas, tenía su chiste agujerar semejantes muros.
Escribirse era difícil, lo hacían los que tenían la fortuna de saber hacer algunos garabatos, como se decía en esos tiempos, los otros recurrían a quien supiera hacerlo y, para ser sinceros, eran muy contados los que medio sabían leer y escribir. El pedir la novia se convertía en todo un protocolo; los padres del novio recurrían a algún familiar o conocido del padre de la novia, para pedir una cita y platicar sobre el noviazgo e intenciones de matrimonio de los jóvenes. El padre del novio por lo regular llegaba con algún obsequio para los nuevos consuegros, pero lo que no podía faltar era la botella de tequila, y así se ponían de acuerdo de cuándo y cómo tenía que ser la boda, el padre de la joven era quien ponía el plazo, por lo regular eran seis meses, pero también pasaba que hasta un año ponían para la fecha del evento.
Pero después de todos los avatares y que llegaba el día de la boda, el evento se hacía en grande, no era cuestión de un rato, la fiesta se alargaba por días. Se hacía comida para todos los invitados, el mole era el platillo favorito. La música en muchas ocasiones era tocada por algunos familiares, que acompañados de violín y guitarra, amenizaban el ambiente. La gente pasaba toda la noche platicando y brindando, cuando amanecía, ya les tenían el desayuno listo y la fiesta continuaba, al medio día, de nuevo a comer, así terminaba la celebración de la boda. El novio no pasaba a casa de los suegros hasta consumado el matrimonio.
Pero algo que no podemos pasar por desapercibido es, en algunas ocasiones que el novio encontraba el rechazo de la familia de la novia, una manera rápida pero peligrosa para casarse era, que se robaban a la novia y la depositaban en casa de alguna familia respetable, ya con el hecho de habérsela robado, era obligatorio el matrimonio, por mucho que los padres de ella se negaran. Lo que sí definitivamente se vio claro, es que los padres de la novia preferían ver a sus hijas casadas con primos y así excluir a la gente de dudosa procedencia.
Pequeños relatos que se han contado con cierta discreción, relatos que sobreviven gracias a que, como no queriendo, se transmiten de familia en familia, y aunque se conocen nombres y lugares, prefiero sólo narrarlo como cosas curiosas, eventos que acontecieron y que eran más frecuentes de lo que se cree.
“Existía un matrimonio que tenía muchas hijas, todas ellas muy bellas, como lo son y eran las mujeres de estas tierras. Su padre cuidaba celosamente de ellas, pero en un rancho cercano había unos medieros que uno de ellos se había enamorado de una de esas hermosas muchachas, pero el padre de la joven se oponía; aseguraba que su hija no se casaría con un indio. El joven enamorado, una noche se acompañó de siete hombres más, montados a caballo y armados, logró robarse a la que después sería su esposa. Los años pasaron, tuvieron hijos, y cuando se encontraba al suegro, éste le decía: suegro, estos son sus nietos, morenitos, pero son prietitos del mismo arroz”.
En ocasiones los jóvenes sólo se conocían de vista, pero eran persistentes y atrevidos. Sé de un caso que sin haber tenido trato con la muchacha, éste la mandó pedir, pero por ser huérfano, le pidió a su hermano mayor que le hiciera el favor de pedir la mano de la joven, el hermano mayor aceptó, pero cuando llegó y vio a la joven tan bonita, la pidió para él, la joven aceptó, se casaron y tuvieron muchos hijos. Sería interesante saber cómo actuó el hermano menor, pero en fin, cosas chuscas pero que acontecieron; historias de familia.
Entre otras cosas chistosas que también acontecían: se dice que muchas de las mujeres eran de alta estatura, tanto así, que sé de alguna que otra que se llegaba a quedar soltera por no haber hombres de su tamaño. En una ocasión se le comentó a una mujer solterona, guapa y alta, que por qué no se había casado, ella sonriente contestó: a los hombres de a pie yo no los volteaba a ver, los de a caballo no me volteaban a ver a mí.
En este lugar todas las personas se conocían y todos eran parientes, los matrimonios también eran entre ellos, y era muy difícil que algún fuereño entrara al núcleo familiar. Se sabe por anécdotas contadas por gente grande, que en puñados de ocasiones, los intrusos salían corriendo, no sin antes escuchar los disparos de pistolas a sus espaldas.
Los meses preferidos para los matrimonios eran febrero, mayo y noviembre. Estas fechas podían ser el resultado de la negativa de los clérigos para efectuar velaciones en adviento y en la cuaresma. Algunas de estas costumbres aún prevalecen.




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